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De esta guisa si le preguntas al niño o niña ¿Qué quieres ser de mayor? Te dirán de todo, menos parecerse a su padre, a su madre o al sacerdote que los bautizó. Contestarán que al cantante de moda, el galán de la serie que ven, al portero de fútbol (no confundir con el portero de la comunidad de vecinos), o con el luchador más colgao. Y es lógico. Vamos siempre detrás de un héroe que sea nuestro modelo, aunque sólo sea para vestirnos, peinarnos o hablar como él o ella. Y no importa que esos "idolos del momento" cambien cada semana, mes o año. Lo que realmente cuenta es imitar a alguien.
Esto es lo que pretende la Iglesia al mostrarnos a los santos. Hombres y mujeres de carne y hueso como nosotros, y algunos a pesar del nombre, que han luchado durante su vida por ser profundamente humanos, para ser íntimamente divinos. Son famosos, modelos que no pasan de moda, son perennes. Siendo capaces de iluminar de modo muy atractivo, y estimulante a quienes habitamos este mundo, por cierto, cada vez más revuelto. Pero a su vez, más apasionante.
Un santo por lo tanto no es u supermán, ni un ángel vestido de hombre, ni una especie en extinción. Sino hombres como nosotros, con pasiones y muchos defectos contra los que lucharon sin tregua ni descanso. Hombres y mujeres que pisaron nuestra misma tierra, habitaron nuestra ciudades y caminaron entre ellas. Y sobre todas las cosas, amoron mucho a Dios y a los hombres. Ese amor, el motor de su vida, los impulsó a buscar en todo momento cumplir la voluntad de Dios, en medio de las circunstancias personales de cada uno. No huyeron del mundo, disfrutaron de él, es más, lo transformaron. A eso estamos llamados todos. Como diría Obama (menudo nombrecito) YES WE CAN!!!
P.D. Una disculpa a los padres que hayan elegido tan singulares nombres para sus queridos hijos. En esta ocasión pudo más en mí el sensacionalismo, que la veracidad informativa.




























